Crea fama y échate a la cama

Publicado por Sebastião Verly 22 de mayo de 2012

 

Voy a contar una experiencia de trabajo que tuve como miembro de la Comisión de Movilización Social de la Superintendencia de Limpieza Urbana de la Municipalidad de Belo Horizonte, SLU. Era una mañana ensombrecida por las nubes, en la Plaza do Boi, en la Favela de Santa Lúcia, en Belo Horizonte.

Itamar Franco era el Gobernador de Minas Gerais en ese año, 1998. A mediados de año, yo y mi amigo y colega de trabajo, el francés Daniel Deleuze, fuimos allí para hacer una inspección para preparar una campaña que buscaba acabar con un punto de deposición clandestina de basura en la calle principal de la favela. Haríamos allí el Punto Limpio o Punto Verde que se encontraba en el auge de la moda de la movilización social. Se removían los escombros, la limpieza era ejecutada, se pintaban las calzadas y se plantaban algunos árboles ornamentales.

El lugar exacto era la llamada “Plaza do Boi”. Decían “Plaza do Boi”, pero la referencia era en verdad las trece vacas ordeñadas todas las mañanas por el dueño de ellas y dueño del almacén que quedaba al frente y en la parte más alta de la plaza. En el fondo del terreno, Guido, el dueño del ganado, era un hacendado urbano; pues engordaba también más de un centenar de cerdos.

Mi sueño en verdad, era convertir a la Plaza do Boi en un auditorio al aire libre con bancos de cemento, un espacio cultural. En voz baja y para pocas personas, yo confesaba ese deseo. Para los demás, si confesase tal osadía confirmarían mi estigma de loco.

Al lado opuesto del almacén de Guido, había depositada en el suelo una carrocería de camioneta oxidada, cuyo estado de corrosión indicaba estar abandonada allí hace bastante tiempo. Al conversar con las personas que transitaban por el lugar, supimos que la gran pieza era propiedad del comerciante citado anteriormente.

A esa hora, yo me encontraba en el plano más bajo del terreno, y ya que el acceso al almacén se hacía por una escalera de numerosos escalones, llamé desde allí al señor Guido para una conversa. El hombre era una especie de sheriff local, se percibía claramente después de algunos minutos en la Plaza.

Con su elevada estatura y manos exageradamente grandes, él hizo unas señas para mí y dijo con tono amenazador: “El gobernador Itamar Franco me mandó un recado invitándome al Palacio da Liberdade para conocerme. Yo mandé al funcionario que le dijera que había la misma distancia de aquí hasta allá, y del Palacio hasta acá, y no fui”.

En ese momento, el colega Daniel Deleuze, francés que se insería en la movilización social por su don artístico, intentó explicar con su acento francés que él tendría que sacar la chatarra de ese lugar porque haríamos una limpieza, colocaríamos una placa y movilizaríamos a los vecinos para mantener el espacio limpio.

El hombre se transformó en una fiera: “Todavía no nace el hombre que va a hacerme sacar esa carrocería de allí”. En consonancia con el dueño del espacio, un morador nos dijo abiertamente que en esa favela “matan a uno de día y dejan otro amarrado para matar de noche”, me contó nuestro chofer, que a esa altura de los acontecimientos, se moría de ganas de salir corriendo del lugar.

Yo, con mucha serenidad y con toda la seguridad que la situación exigía, le expliqué al valiente comerciante con toda firmeza que mi colega era francés y que su manera tajante de hablar que “él tendría que sacar” era propia de su origen. Aparentemente Guido se convenció.

El hijo de Guido, un joven de más de un metro y ochenta de altura, había salido de la favela antes de nuestra llegada para comprar un medicamento para una persona cercana. Apenas llegó, paró la moto y aún sobre ella mostró que ya había llegado a sus oídos nuestra conversa. Dejaba ver, con nítida demostración de fuerza y arrogancia, el caño de una pistola 765 en la cintura.

Miraba a nuestro amigo Daniel, que no se percató de la gravedad de la situación, y con los ojos llenos de fuego el grandulón preguntaba: “¡Quiero saber quién fue el que dijo que mi padre tenía que sacar la carrocería de la camioneta de la plaza!” Nuestro chofer a esa hora abría los ojos y hacía señas de que era conveniente salir de ahí cuanto antes.

Yo tuve una luz: si salimos ahora él va a disparar al coche. Fue entonces que caminé en su dirección y con aire de respeto fui asertivo:

–        Mira mi amigo, tú estás llegando ahora, estás medio nervioso, así que ten calma y quédate tranquilo porque ya le expliqué todo a tu padre. Hasta hoy no entendí, pero el joven cubrió toda el arma con la camisa, bajo de la moto y la condujo hasta la escalera del almacén. Se calló y subió la escalera.

Hasta hoy no sé lo que pasó por mi cabeza en esos minutos. Sólo en el camino de vuelta, dentro de la kombi, cuando le dije a Daniel que el bruto hijo de Guido estaba armado, es que él se asustó al comprender la gravedad de lo acontecido. El estilo de Daniel refleja sus raíces latinas, corsas e italianas, rememorando el nombre de la familia por parte de madre: Marchetti y Bianchi. Hoy él consigue dominar la lengua y el temperamento para permanecer callado cuando es conveniente. Se salvó de esa y después dice que se salvó de otras semejantes. Ese Daniel tiene suerte de estar vivo. Quién sabe si todavía podremos oír y contar otras historias de este francés tan abrasilerado.

Aquella debe ser la mayor descarga de adrenalina que mis suprarrenales jamás soltaron en mi organismo para simular el coraje que demostré en la mañana de trabajo ese día. Hasta hoy oigo el reconocimiento y los agradecimientos de mi amigo Daniel por el episodio.

Daniel contó la historia varias veces, especialmente para el chofer, para quien pasé a ser considerado un hombre con coraje. Consciente de que fui conducido en esa situación por el instinto de supervivencia, me quedo pensando en el dicho popular: “¡Crea fama y échate a la cama!”. Hasta hoy tengo fama de osado entre los colegas de la Comisión de Movilización Social de la SLU.

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