Soledad de a dos

Publicado por Carlos Bitencourt Almeida 5 de marzo de 2012

Aparentemente, tener relaciones sexuales con alguien con quien tenemos una buena relación afectiva hace meses o años es lo opuesto a sentirse solo. Sin embargo, la intimidad de los cuerpos, por placentera que sea, no es lo mismo que la intimidad afectiva. Dentro de una relación entre hombre mujer de larga duración, la vida sexual puede tener significados muy diferentes dependiendo del momento. Se torna doloroso cuando la mayor parte de las relaciones sexuales quedan empobrecidas en términos de afecto. Nos sentimos solos.

La otra persona fue dejando de ser importante para nosotros y en esta situación, que es la más íntima que dos personas pueden experimentar corporalmente hablando, nos sentimos no íntimos afectivamente. Terminada la relación sexual podemos sentir el deseo de alejarnos, de no estar cerca de la persona, o tal vez comenzamos a recordar todo lo que nos aleja de ella: tristezas, frustraciones y decepciones.

Si este sentimiento se torna dominante en las situaciones eróticas, es un síntoma de una crisis grave en la relación de pareja, y puede llevar a un quiebre afectivo concreto. Cuando el placer sexual se torna vacío de ternura, de bienquerer y amor, deshumanizamos la vivencia erótica. Aquella persona que un día puede haber sido tan significativa para nosotros, se va tornando una extraña. La confianza está quebrada. La alegría de convivir va desapareciendo.
Es sólo cuando la sexualidad está permeada por un vivo sentimiento de amor que podemos decir “hacer el amor”. Sólo así existe la posibilidad de un encuentro, sólo así la dolorosa soledad de la condición humana es aplacada por algún tiempo en un ambiente tan dulce y caluroso. Por más placentero que el sexo pueda ser en sí, cuando no está permeado por un fuerte sentimiento de amor, es impotente para romper la cáscara de la soledad. Quedamos corporalmente gratificados y aliviados, pero el dolor de la soledad, consciente o no, permanece dentro de nosotros.

Claro que nadie tiene el poder de despertar en sí a través de un acto de voluntad un sentimiento fuerte de amor por alguien. Podemos convivir con alguien en una relación amorosa durante largos períodos, iluminados con mayor o menor frecuencia por la luz, dulzura y calor del amor. Si esta vivencia se vuelve rara o ausente, continuamos dentro de la prisión de la soledad. Puede ser confortable y útil vivir con alguien, conversar y dividir tareas prácticas. Pero sin la alegría de amar, este es un encuentro pobre.

Existen matrimonios que duran décadas donde el amor o no existe más, o nunca existió. No nos compete juzgar las decisiones que dos personas hacen y qué motivos tienen para vivir juntos. Muchos prefieren poco antes que nada. Tener la presencia física de alguien en el hogar para muchos ya alivia un poco el dolor de la soledad, da un sentimiento de protección. Pero aquellos que por períodos más o menos largos tuvieron la alegría de vivencia las delicias de un profundo encuentro de amor recíproco, no es fácil conformarse con la pérdida. El dolor de la ausencia, la añoranza, el anhelo por la vuelta al paraíso perdido se mantiene latiendo, pulsando regularmente.

La vivencia de la alegría de romper la cáscara de la soledad y sentirnos amplios, fundidos e integrados en algo mayor, en comunión, no es exclusiva de las situaciones de amor erótico o de una relación afectiva intensa entre dos personas. En la naturaleza, en la música, en el deporte, leyendo, escribiendo, orando, meditando – en casi todas las situaciones de la vida, es posible vencer la prisión del aislamiento, del egoísmo, y trascender la aridez de nuestros propios límites y pequeñas y grandes preocupaciones. Pero es innegable que ansiamos un encuentro humano, una comunión feliz, intensa y amorosa con otro ser humano.

Como todo lo que es grandioso e importante en la vida, esta entrega depende de varios factores. De nuestro coraje, capacidad de entrega, desprendimiento, generosidad, aspiración. Y aun depende de factores que están fuera de nuestro esfuerzo y dedicación. Unos lo llaman suerte, otros destino. Para aquél que aspira y se prepara correctamente, la bendición, el milagro,  resurgirá una y otra vez, cuando la vida juzgue que estamos fértiles para ser de nuevo fecundados por lo trascendente.

Termino con una cita de la autobiografía del filósofo inglés Bertrand Russell (Premio Nobel de Literatura de 1950):

“Busqué primero el amor, porque él produce éxtasis – un éxtasis tan grande que, no raramente, yo sacrificaba todo el resto de mi vida por unas pocas horas de esta alegría. También lo ambicionaba porque el amor nos libera de la soledad – esa soledad terrible a través de la cual nuestra trémula percepción observa, más allá de los límites del mundo, ese abismo frío y desanimado. Lo busqué finalmente, porque vi en la unión del amor, en una miniatura mística, algo que prefiguraba la visión que los santos y poetas imaginaban. He aquí lo que busqué y, aunque eso pueda parecer demasiado bueno para la vida humana, fue eso lo que – al final – encontré.”

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