Como si fuese la primera vez

Publicado por Edmeia Faria 25 de noviembre de 2013

Camino por la Plaza da Liberdade. En la libertad de la plaza. Respiro flores y el trinado de pajaritos.

El agua de la fuente lava el alma y lleva las tristezas, purificando el aire y el espíritu; la dama de noche se viste de flores y exhala un perfume dulce y sensual; la brisa sopla cadentes rimas de amor.

Paro frente al Vagón Cultural que “trae el universo de Fernando Sabino hasta usted”. Son las veinte horas. El tren descansa en la estación. Sólo mañana a partir de las ocho, recibe los pasajeros y continúa el viaje conmemorativo de los noventa años del autor. Abro mi cartera, saco un lápiz y anoto en atrás de la cuenta de mi celular. Que venció ayer y me olvidé de pagar.

Escribo lo que no para así saberlo.

Una voz femenina atrás de mí indaga:

–        ¿Cómo será que ellos trajeron este tren hasta aquí? ¿Cómo será que hicieron los rieles? ¿Serán de verdad? ¿O son de plástico? La señora está copiando… Bonito, ¿no? Yo sólo estoy leyendo.

¿Fernando Sabino es escritor? ¿Él es de aquí? ¿Todavía está vivo? ¿Usted lo conoce? Estoy viniendo de la Savassi. Yo trabajo allá. En una confección. Soy costurera. De noche yo bordo. Hasta más o menos la medianoche. Bordado con piedras. Vestidos de fiesta. Estoy bordando uno de novia. Que agarré por fuera. Todo los días paso por aquí para ponerme en contacto con la naturaleza antes de irme a mi casa. Así descanso. Y me encanta. Quedarme mirando las flores, respirando el perfume. ¡Mire la dama de la noche! Adoro ese olor.

“En la Literatura, como en la naturaleza, nada se crea, nada se pierde: Todo se transforma”.

Esa cuestión de tener un tren en la Plaza debe ser para incentivar la lectura, ¿cierto? Usted ve: cuántas cosas buenas para los jóvenes. Y tantos se meten con drogas. Yo tengo un hijo. Soy separada. Crié a mis hijos sola. Pero gracias a Dios… Les pregunto a ellos si… Responden: “¿Mamá, son cosas para preguntar? La droga sólo tiene dos caminos: del ajedrez y del cementerio”. Él tiene un primo que se involucró con eso, ¿sabe? Está en la cárcel. Dentro de casa yo no tengo ese problema. Yo necesito dejar esto. El cigarro ya lo dejé. Pero la cerveza… todos los días a la hora que salgo de mi trabajo tengo que tomarme una latita.

¿A usted también le gusta? Ay, a mí también me gustaría ser así, que no me guste el olor. Pero yo me voy a liberar de este vicio, ¡si Dios quiere! Y poder participar de la Santa Cena. Tomar el cuerpo de Cristo… me muero de ganas. No puedo. Porque tomo esto. ¿Cómo voy a recibir el cuerpo de Cristo? Hoy estoy muy ansiosa: mi hijo sacó la licencia de conducir. Va a comprar una moto. Moto aquí en Belo Horizonte… Demasiado miedo. Él tiene buena cabeza. Pero no depende sólo del conductor de la moto, ¿cierto? Ese tránsito… mi hija compró un auto. No viene de madrugada. Ella sale cerca de las seis horas. Pasa aquí todos los días. Ay, estoy muy ansiosa. ¡Mire! ¿Usted leyó esto?

“vivir es una cuestión de paciencia.

¡Mire este árbol! ¿Estoy viendo allá arriba la casita de un hornero? ¿Cómo puede hacerlo? Con su piquito. Carga el barro y lo va colocando hasta que hace una casita de esas. Me acuerdo del lugar donde yo vivía. Soy de interior. Tuvimos una vida difícil. Construimos nuestra casa de bahareque. ¿Usted las conoce? Clavamos en la tierra los palos rollizos. Se va amarrando las varas con liana. Después viene el barro: tierra, arena y estiercol de buey. Se junta todo y se amasa hasta ligar. Ahí se van lanzando las pelotas así con las manos y arreglando hasta llenar todo. Después de eso se pasa un revoque por encima. De barro blanco. Lo sacamos de un hollo de la orilla de los corgos. La pared queda lisita. Despues se cubre con paja. El suelo también es de barro, igual que las paredes. La cocina…

A mí me gusta mucho viajar. El año pasado fui a Porto Seguro. En bus. Mi hija quería que fuera en avión. Pero a mí me gusta viajar en bus. Harta distancia; 16 horas de viaje. Pero uno pasa por muchos lugares, conoce muchas cosas.

“Todo el mundo tiene dos ojos para ver. Qué cosa extraña. Es necesario ver la realidad que se esconde más allá, donde la vista no alcanza.

A mí me gusta mirar. Paso aquí todos los días. Voy tomando mi cervecita y mirando. Mis hijos me dicen que llego tarde a la casa. No estoy haciendo nada malo. El Señor lo sabe. Me gusta mirar. La vida es tan bonita. Hay tanta cosa para ver. Me quedo pensando: ¿cómo puede ser que los jóvenes caigan en las drogas? No saben mirar, ¿cierto? En el viaje yo voy mirando todo. De repente, un poblado… las casitas de bahareque cubiertas de paja. Pensé que eso ya no se usaba más. Que nunca más iba a ver mi casita de paja. El bus pasando; la lluvia cayendo; los caballos amarrados así de lado, personas en la ventana mirando la lluvia caer. Volví a mi infancia… ya tengo 56 años. Aún quiero ver mucho. Viajar. Ver tantas cosas bonitas. El bus, de esos grandes de dos pisos. El conductor está en el primero. Son dos. Para ir turnándose. Pero todos se quedan abajo. En el piso de arriba, conmigo, los niños. Había muchos niños en ese viaje. Ellos miran todo, hablan todo el tiempo, descubriendo cosas: “¡mira las vaquitas! ¡Son muchas! La casita, ¿la viste? Ellos no conocían. Es demasiado bueno viajar con niños. ¿Usted ya viajó? Fue bueno encontrarla a usted aquí. Mucho gusto en conocerla. ¿Cuál es su nombre? El mío es Cida. Aparecida. Pero me puede decir Cida. ¿Usted copió ésta? Es buena para escribirla en una camiseta.

Mirar todo como si fuese la primera vez.

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